Está radicado en los Estados Unidos desde
hace 18 años. Allá tocó con todos. Ahora se
está presentando en la Argentina junto con la pianista japonesa
Tomoko Ohno. Historia de un personaje al que Dizzi Gillespie le
cambió la vida.
Laura Gentile.
CLARIN
lgentile@clarin.com
¿Todo puede ser jazzeado? Sí, responde el saxofonista
argentino Andrés Boiarsky radicado hace 18 años en Nueva
York. Y asegura demostrarlo en su flamante disco compartido con la
pianista
japonesa Tomoko Ohno, Shadows of Spring, que incluye tangos de Astor
Piazzolla y varias composiciones de Tomoko, que a su vez están
inspiradas en la música tradicional japonesa.
"Porque el jazz —define inspiradísimo, logrando
casi un slogan— más que un tipo de música es una
forma de hacer música."
Hace 18 años que Andrés Boiarsky decidió vivir
en la meca del jazz. Y no le fue nada mal. A los nueves meses de llegar
a Manhattan, en 1988, se unió a la orquesta de Lionel Hampton,
la cual dirigió hasta 1993. También fue miembro de la
United Nation Orchestra creada por Dizzy Gillespie y dirigida por Hampton.
Y participó en grabaciones con Slide Hampton, Al Di Meola, Lionel
Hampton, y actualmente forma parte de la The Dizzy Gillespie Alumni
All- Stars.
A los 6 años tomaba lecciones de piano en su Vicente López
natal. A los 14 dos visitas extranjeras a Buenos Aires le cambiaron
la vida. Primero fue Duke Ellington a quien sus padres llevaron a ver
al teatro. Y después, el gran Dizzy Gillespi, a quien debió contentarse
con ver por la pantalla de Canal 11. "Lo vi y no lo podía
creer, me volvió loco y a la vez no entendí nada de lo
que tocaba".
Eso lo decidió a remontarse a las fuentes del jazz. ¿Cómo?
Escuchando discos y discos y más discos... "En esa época
era difícil encontralos y los discos importados eran carísimos" Iba
a la disquería del creador del ciclo Jazzología, Carlos
Inzillo, la única de jazz.
Del piano pasó, entonces, al clarinete por puro afán
de resaltar. "El piano tiene un rol más limitado en el
jazz —explica—, y yo veía que los otros hacían
más ruido". De allí pasó a los saxos. A los
21 años —1978—, se fue a estudiar en el Royal College
of Music, de Londres. Y de allí pasó a Nueva York "Siempre
lamenté no haber ido directamente allá".
Boiarsky describe al ambiente jazzero de Nueva York como altamente
competitivo. "A nosotros como extranjeros no nos es del todo fácil",
explica. Aunque reconoce que, en cierta forma, no ser un blanco-americano
tiene beneficios. "Porque el jazz es un asunto de negros y ellos
nos ven a Tomoko, japonesa, a mí latino, como sufrientes también
de no pertenecer al mainstream".
En cada visita a la Argentina constata la evolución jazzera
local. "El nivel de la Argentina es infinitamente superior al
que había cuando yo estaba acá —afirma—.
Ahora hay una nueva camada de músicos muy buena, pero lamentablemente,
en algunos, también noto cierto divismo y arrogancia".
Asegura que esa actitud resulta imposible en Nueva York: "Si
sos arrogante no podés tocar, porque no solo tenés que
rendir como músico sino como persona. Importa cómo te
vestís, cómo te manejás". Y especula una
teoría: "En el caso de los músicos mayores, como
pasaron por drogas y alcohol y dejaron todo eso de lado, quizás
eso los hace ser más estrictos. Por ejemplo James Moody es capaz
de parar de tocar si hay alguien fumando en la sala".